Imagino que antaño la mejor manera de enterarse de cómo era la vida de un galeno rural en la época de Balzac, o de una adúltera en la época de Flaubert, era leer a Balzac o a Flauvert. Quizá, tiempo atrás, entre las fajinas del preste literato estuviera eso de contar historias, de explicar lo que otros ignoran. Me atrevería a afirmar que los prolijos y minuciosos retratos de los paisajes físicos y mentales de los contextos y personajes proustianos respondían a la certidumbre del escritor en lo inaccesible de sus orbes burguesiles para el lector común. Por eso, tal vez hubiera un tiempo en que tenía sentido explicar una historia, un chisme o una jácara, y hasta escribir una novela. Ocurre que en este siglo que nos contempla, lo que sobran son historias. Todo son historias, todo el mundo tiene una, o dos, o tres… Historias que además pueden ilustrarse con fotografías, mapas, cartografías, cédulas, partes médicos, informes clínicos, facturas, representaciones, danzas, canciones y materiales varios –y ahora con lo del libro digital ni te cuento–. Pero todas esas narraciones, informaciones y pesquisas son innecesarias, como innecesaria es la propia literatura que así se constituye, pues el lector ya dispone de toda esa información, el lector ya ha estado allí, ya ha visto aquello y ya ha pensado en esotro. En este preciso momento en que la novela debe despojarse de su rol documental, e incluso psicológico, Céline lanza renovadamente esa pregunta que él mismo se ocupó de responder: ¿Qué le queda a la literatura? No gran cosa, si acaso el estilo.
No es pan de poca miga esa cosa del estilo, ni asunto menor que haya que tomar en broma. Supongo que el estilo ni se aprende ni se copia, ni se finge ni se inventa… o se tiene o no se tiene y seguro que no se adquiere… en todo caso se bruñe, se baldea o se charola. Y habrá que asumir con caballerosidad y elegancia que todos tenemos nuestras historias, pero que el estilo, lo que Céline entiende por el estilo, es cosa de Montero Glez.
Céline añadía que un estilo aparece una vez cada siglo, por tanto solo hay una oportunidad de toparse con uno. Algo así como el cometa Halley; pasó por aquende en 1986, cuando yo tenía 9 años, y no voverá a pasar hasta el 28 de juliol de 2061, fecha en la que yo ya estaré chota o en el hoyo. Me lo perdí, como casi todos. Y mira que me lo tenía dicho mi primo Wenceslao; no me lo podía perder porqué no iba a haber repetición, ni video VHS, ni tócala otra vez Sam que valiese, ni posibilidad de que el cosmos se doblegara a mi capricho y repitiese el fenómeno, para desconsuelo de ese insignificante niño membro de una generación lenguareta y montaraz, comulgante con la santísima trinidad compuesta por Bruce Lee, Bigote Arrocet y Samantha Fox, una generación a la que, como ya he dicho antes, solo le daba por mirar al cielo cuando bebía del porrón, o cuando se arrancaba por Antonio Molina.
Llegado a este punto, me encuentro con que he digresionado y tengo a Céline, al cometa Halley y a Montero Glez en danza. Para acabar de hilar toda esta discordia debo añadir a mi hermano. Y es que fue mi hermano quien me apercibió de la llegada de otra suerte de cometa cuando me dijo: –Leete esto, es muy grande, y lo mejor de todo es que el autor es Español, ¡ y esta vivo!–. Cosa relevante la de su viveza porqué todos los autores que leíamos por aquel entonces estaban muertos. El caso es que abrí la primera página, y al leer la primera frase supe del advenimiento del estilo. Dió fe de ello el ecuménico pleamar matricial que estalló en mi craneo cuando leí aquello de que el Charolito solo se fiaba de su polla por ser la única cosa en el mundo que jamás podría darle por culo. Analicé científicamente el resto del libro, frase a frase, buscando sin éxito el método para articular aquella concatenación polimórfica de palabros y eyaculaciones plásticas. Después empecé a escribir chascarrillos imitando su estilo, hasta fingí que era él quien me imitaba a mí, y me permitía hablar de Montero como de mi plagiario preferido. Y ahora recuerdo simplemente las palabras de mi hermano cuando me dijo… "y lo mejor de todo, es Español y esta vivo"…como si eso de estar vivo lo hiciera más cercano, más accesible, como si irremediablemente eso nos hermanara y nos obligase a café y cigarro. Pues sí, Montero Glez está vivo y, además, desde hace unos días ,facebook mediante, es mi casi amigo.
Una buena entrada. Pero lo del Charolito fue el primer libro. El último es mucho mejor.
ResponderSuprimirTengo un currito para ti. Si te interesa hablamos. Si no te interesa eres un culín.
ResponderSuprimirMontero Glez podrá acogerse a todo ese razonamiento cuando vuelvan a decirle en cualquier entrevista que sus historias adolecen de la importancia que se espera de un escritor de su talla. Céline aún puede callar algunas bocas.
ResponderSuprimirBueno, armatosti, creo que puedes comenzar a exponer tu teoría schöringeriana sobre la luz del frigorífico, lo difícil de los "abrefácil" y la corbata del tenedor.
ResponderSuprimirNo volveré a hacerte pupa,
Calamity