La claridad en la mirada no aporta felicidad ni tranquilidad al alma. Pero eso ya lo saben todos aquellos que son capaces de ver el mundo sin florituras. Las cosas, así, tal como son, son casi siempre dolorosas. Y cuanto más claro se ve la pequeña fracción del mundo a la que tenemos acceso,
más nos insignificamos convirtiéndonos en una más de sus fronteras. Desde la frontera, que es el mismísimo abismo desde el cual uno puede saltar, lo negro se ve como una recursividad de colores oscuros que van aportando al siguiente más negrura. Pero si esa es la claridad, ver lo oscuro de las cosas, observar desde la atalaya del yo el cómo nada hay que no sea porque existe otra cosa, la apariencia de este discurso no es otra que la de oxímoron.
Otra de las infructuosidades de la claridad es la adquirida imposibilidad de actuar frente a lo que es de una manera y no puede ser de otra. Desde aquí las cosas se ven determinadas, conclusas, enfiladas hacia un sino que no es posible salvar. Ni los mismos dioses del Olimpo estaban exentos de saberse sometidos a lo que ellos llamaban, de forma casi apocalíptica, el destino. Y cada uno de nosotros nosmás nos insignificamos convirtiéndonos en una más de sus fronteras. Desde la frontera, que es el mismísimo abismo desde el cual uno puede saltar, lo negro se ve como una recursividad de colores oscuros que van aportando al siguiente más negrura. Pero si esa es la claridad, ver lo oscuro de las cosas, observar desde la atalaya del yo el cómo nada hay que no sea porque existe otra cosa, la apariencia de este discurso no es otra que la de oxímoron.
preguntamos por cuál será el nuestro, pero esta cuestión es irresoluble. Sólo los que están al lado o en frente, en el hilo de la linea que bordea, pueden atisbar qué ocurrirá. Pero no es posible preguntarlo cara a cara sin que la vanidad se ofenda. Afirmamos pues, que desde el ojo propio, el futuro no existe y que la vida, entendida tal y como la vivimos (sin metafísica), no se
apodera del sentido más que en la mirada retrospectiva. Aquello o eso otro tuvo sentido como consecuencia o como causa. Pero sin el entendimiento de estas dos herramientas que nos da el intelecto para saborear el pasar del tiempo, nada existe y nada es comprensible.
Es duro y triste saberse atada. Entender, llegado un determinado momento, que las riendas de
la propia vida jamás podrán ser tomadas a modo de vida auténtica heideggeriana. Tan sólo somos escombros, migajas, pizcas de momentos ya pasados que quedaron selectivamente grabados en nuestra memoria, y quizá en la de nadie más. Los recuerdos no compartidos, los sucesos no recordados no tienen significación alguna. No nos podemos entender en el discurso sobre el pasado si no se da el caso de que los recordantes sean, como mínimo, dos. Impotencia frente a la narración propia de quién somos. Nos podemos describir como el producto de unos acontecimientos que nos hicieron de tal forma. Nos podemos describir como el pensamiento producto de unos acontecimientos que nos hicieron de tal forma. Pero el escepticismo del que escucha es actitud vital. Necesaria. Insalvable. De aquí que la pregunta sobre el propio ser sea inocua, incolora e insabora.
Con los seres humanos pasa como con las casas. Todos tenemos querencias vouyeurs. Vemos la
fachada, los ventanales, quizá las luces encendidas de alguna habitación. Pero no sabemos cómo es por dentro, ni quién vive allí, ni qué conexiones se establecen entre las cosas o personas, ni las disposiciones de los objetos... No sabemos nada. Si pensamos en un pulpo, nadie se preguntará “¿Cómo es?”. Damos por hecho que la definición ostensiva es el pulpo mismo. Cuesta más derribar
una casa que matar un pulpo.
Nuestras vidas no son más
que ensayos de 4300 palabras escritos en una hoja de texto cuya forma
ya viene predeterminada.
Los seres humanos amamos lo que conocemos y lo que conocemos no son más que extensiones de
nosotros mismos. Un hogar, una mascota, un amigo... Quizá haya quien considere que una visión como ésta peca de egoicismo, pero la mirada clara nos impone esta opinión humilde como verdad
políticamente incorrecta sobre todo en el caso de las personas. Cuando algo a lo que amábamos se aleja de nosotros deja de ser un apéndice de nuestra existencia. Es entonces cuando sentimos pena y
luego odio porque ser más nos engrandece, porque ser abandonados nos manifiesta nuestra condición de contingentes.
En la mirada retrospectiva todo se entiende, mirando hacia atrás se ve una direccionalidad que no se aprecia al mirar hacia adelante. El diagnóstico es certero, pero dónde encontramos la cura? ...Cada vez hay más pasado y menos futuro. Es este el único caso en el que no se aprecia lo que se va perdiendo. El futuro mengua con el tiempo y el pasado se engrosa, por eso en realidad no se pierde nada cuando alguien nos abandona, porque sigue viviendo en nuestro pasado (en nuestro futuro nunca lo hizo)
ResponderSuprimirEl ser humano mira hacia el futuro (que no puede ver) con los ojos del pasado. Es por eso que le es tan complicado no substituir la memoria por la historia y permanece constante en el estado de languidez que le impone la nostalgia.
ResponderSuprimirSi sustituyeras la impersonal y general tercera persona o la primera del plural, tendrías más razón, porque hablarías de ti y no, pretendidamente, de la realidad en sí misma.
ResponderSuprimirEntonces refuta
ResponderSuprimirEntonces demuestra, jajajajaja!!!
ResponderSuprimirHay una cantidad demasiado grande de premisas mayores que aceptas acríticamente, fruto de una, supongo, porque siempre es así, experiencia egótica carcelaria. Me sabe mal por tí, pero aunque estoy fundamentalmente en desacuerdo con todo lo que afirmas, no poseo los bríos para enzarzarme minuciosamente entre tan vagas consideraciones. Reconócete que no tienes ni idea de qué es la hoja predeterminada de la que hablas, donde se escriben las palabras, y además abominas del lenguaje para ahogarte en tus metáforas. Hay un deseo de creer que comprendes palpitando en tus palabras, acaso para acomodar el ser a tu angustia, reducirlo a algo decepcionante y no adecuado a las expectativas que depositaste en la vida. La vida es dura y después te mueres, eso lo sabemos la mayoría. Sin embargo sí, la claridad sí aporta tranquilidad al alma, de otra manera tus monstruos se pegarán eternamente en la oscuridad. Y te va a doler aún más.